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El Gran Yukón en canoa… un sueño

Viajar al Gran Yukón

Whitehorse, Canadá, principios de julio. Pedazo de día espléndido. Sol joven y cañero, un poco heavy durante las horas más fuertes. Así amaneció ese primer dia de navegación. Así estaban siendo todos los días del mes de junio, que acababa de terminar. No parecía que el tiempo fuera a cambiar, aunque por allí nunca se sabe.

Me lo dijeron una y otra vez: “No te confíes, ten siempre a mano el chubasquero cuando bajes por el río; las tormentas más aparatosas se lían en cuestión de segundos. Aparece una nube, luego otra, y a continuación está el cielo negro como boca de lobo. A partir de ahí, el diluvio”. Otros fueron más específicos dando ánimos: “déjate el chubasquero puesto cuando veas el agua levantada, cuando llegues a los rápidos, cuando la corriente os lleve la contraria y os toque dar unas paletadas olímpicas.,,”

Estaba claro que no iba a ser un paseito en barca, sabía dónde me metía. Había cruzado el mundo para  recorrer parte del Yukón en canoa, la parte que transcurre entre la pequeña ciudad de Whitehorse, en la carretera de Alaska y la mítica Dawson, escenario de aquella fiebre del oro que sacudió la región como un espectacular terremoto de riqueza y vicio.

Sabía que me encontraría con tormentas antes o después (muchos amigos me habían contado sus percances por aquellas tierras), pero también sabía que los nubarrones y las olas espeluznantes se irían como habían venido, como por arte de magia. Decidí que no, que no me ponía el chubasquero, sino sólo una camiseta, la gorra y el chaleco salvavidas. Quería que me salpicara en la cara y en todo el cuerpo el mismo agua virgen y limpísima que estuvimos bebiendo durante las acampadas.

Quería que me acariciara ese sol que sólo aparece dos o tres meses al año. Un sol rabioso, que enciende las montañas, rompe el hielo, inunda los glaciares, se lleva los icebergs, revoluciona los bosques y vuelve hiperactivos a los animales. Quería, por fin, navegar casi a pelo ese río poderoso y hermosísimo: el Yukón. El más importante e imponente del occidente canadiense.

Viajar al Gran Yukón. Caminos de hielo

Así se llaman tanto el rio, que nace en la Columbia Británica y desemboca en el mar de Bering después de atravesar Alaska,  como la gran provincia del oeste canadiense por donde corren sus aguas. Un territorio boscoso y deslumbrante que ha permanecido vírgen y absolutamente salvaje hasta los últimos, ultimísimos años del siglo XIX.

Por ese Estrecho de Bering pegado al Artico pasaron los pueblos asiáticos para llevar la vida al borde más extremo de Norteamérica. En trineos, cuando el suelo congelado lo permitía, o en canoas, cuando los cortísimos veranos se llevaban el hielo y dejaban que brillasen con todo su verdor los bosques infinitos ¿Cómo recibirían aquellas primeras tribus de innuits los magníficos regalos de la primavera? Pues con el corazón lleno de gratitud, seguro.

Semillas, bayas, frutos del bosque, pescado abundante y a plena vista, (sin necesidad de taladrar el hielo y cosechar, con suerte y con mucha paciencia, unos pocos pececillos) …

Los sentía muy muy cerca. Incluso parecía que les escuchaba en su jerga primitiva. Talando árboles para tener fuego. Resguardándose del frío con diferentes pieles de animales. Amarrando sus canoas en las orillas de lagos y ríos, exactamente como tenía que hacer yo, Pero yo llevaba provisiones, mientras que ellos tenían que cazar y pescar sin descanso, ahumar salmones, secar lucios y otros peces blancos, asar cabras…

Viajar al Gran Yukón. Rema que rema

Cuando alcancé Vancouver, tras cruzar el Atlántico vía Londres y atravesar en tren todo el sur de Canadá desde Toronto, ya había llegado el el calor a esa latitud inclemente del hemisferio.

Era pleno verano, con infinitas horas de luz e infinitos bosques y montañas visibles todo el día. A veces azules, a veces pardos o casi negros. Casi siempre verdes. De un verde espléndido, fértil y vigoroso. Después, entre Vancouver a Whitehorse, llegaría el último tramo por tierra.

Fue en ese segundo tramo cuando  empecé a ver  cada vez menos trenes, menos fábricas y casas, menos carreteras bien trazadas. También menos coches.  Ese mundo organizado y funcional del que se alimentan las ciudades iba poco a poco dando paso a un escenario natural de ensueño: riachuelos, torrentes, cascadas, lagos que resucitaban de la congelación, glaciares que se habían vuelto dóciles tras el sueño invernal…

Y, por fin, Whitehorse. Y el descenso del río. Dos personas por barca, remos templados y duros -sólo para gente curtida- y algunas provisiones  bien protegidas, para no perderlas en los momentos de aguas bravas, oleaje fuerte o directamente tempestad. La civilización estaba a punto de convertirse en un lujo olvidado cuando repartimos los enseres, las tiendas, los víveres y los aparatos de comunicación. Comenzaba la aventura.

¿He dicho que ya que remamos como salvajes? ¡Virgen santa! No solo nos mojamos a conciencia durante la remada (ya nos advirtieron), sino que quemaban como demonios  el sol, el cielo y hasta el brillo del agua, un agua limpísima y casi helada que me acariciaba la cara.

La sorbía, me la bebía… Y remaba, Los numerosos afluentes del Yukón aparecían a diestro y siniestro, ensanchando el río y desfigurándolo. A medida que curveábamos el cauce, un montón de pequeñas islas verdes nos obligaban a remar más deprisa, o a sujetar los remos y dejarnos arrastrar suavemente por la corriente, según se presentaran los caprichos del río. Había tramos enteros donde estas aguas salvajes, en absoluto turbias pero sí violentas, no nos concedieron ni un maldito minuto de paz.

La ciudad dorada

Alcanzamos la dorada Dawson, doce días después. Me imaginaba que la travesía iba a dejarnos muertos de cansancio, y no me equivoqué.  Fue difícil y agotadora, pero también excepcionalmente bella por todo lo que ví y sentí. Las montañas crecían en tamaño y en color, se escondían, se dividían, aparecían y desaparecían con las brumas y los nublados de las tormentas… Terminamos exhaustos, extenuados… y condenadamente felices.

Atracar y acampar en cualquier orilla, encender una buena hoguera, charlar con los compañeros de aventura, merodear por el minúsculo campamento, linterna en mano, buscar obsesivamente excrementos de oso (y en caso de encontrarlos salir corriendo). Las noches eran mágicas, y los días, una emoción sin palabras desde el preciso momento de apurar el café y volver a las canoas. Rema que te rema, ocho o nueve horas diarias. Rema y vuelve a remar.

Como dice el anuncio, disfrutar de los peces saltando a tu alrededor no tiene precio. Se colaban sumisos en las barcas, como si les estuviéramos esperando para almorzar.

Tampoco estaba mal tropezarte con los castores. tan entretenidos siempre con sus construcciones entre la tierra y el agua. Con las ardillas, los alces, los muflones, las águilas calvas, los lobos, los osos, negros y rubios… El asunto era dejarte el alma en ese río soberbio, y a la vez llenarla con su espléndida belleza y majestad.

Los saloones y viejos edificios que albergaron sus leyendas extraordinarias nos recibieron en Dawson. La del oro interminable, emergiendo sin pudor en las arenas y riachuelos de los alrededores. La de sus buscadores, sus explotadores y sus muchas víctimas

¿Queréis saber la historia de este fenómeno sociológico al filo del siglo XX? ¿Queréis remangaros y cribar la arena de cualquier arroyo en busca de pepitas (os aseguro que todavía hay, y no son pocas)?

Volad a Vancouver y alcanzad Dawson descendiendo, en el silencio de una naturaleza brutalmente hermosa, los mil vericuetos del Yukón.

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