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Cuando llegué a esta tierra, fue cuando entendí el significado profundo de la Ruta de la Seda. Una ruta que une Oriente con Occidente desde antes de nuestra era. Un camino que une Xian en China por toda la franja Eurasiática hasta Europa, y tras pasar los reinos hispánicos se repartía por África.

Esta ruta llevaba de todo, rubíes de Birmania, jades de China, diamantes, perlas del golfo Pérsico, lanas y linos, preciosos ámbares, marfil, laca, especias, porcelanas, vidrio, coral, y sobre todo la telas mágicas que enamoraron a los emperadores romanos en los albores de nuestra era, La Seda.

Aquellos mercaderes en sus caravanas de camellos, caballos, carruajes, o andando, recorrían extensiones apabullantes. Cruzando las nieves del Karakorum o friéndose en el Taklamakán, vestidos con sus fieltros o con pieles de animales que les protegían de temperaturas extremas. Iban de ciudad en ciudad, de pueblo en pueblo, abasteciéndose y creando un legado cultural que aún pervive. Y al caer la noche, si no tenías la fortuna de estar a salvo en una villa protegida, tu sueño era acelerar el paso y terminar en un Caravanserai. Una pequeña fortaleza donde descansar  sin hacer guardia, sin temer por los bandidos, ni por las hordas del Norte, ni por animales peligrosos. Un lugar donde embriagarse alrededor de un fuego siendo atendido, con los animales y las cargas protegidas, donde conversar con otras caravanas y ponernos al día de la vicisitudes que nos deparará el camino. Habrá peste negra este año, seguirá abierto el camino por el Pamir, cómo estarán de crecidos los ríos…

Y una meta en la cabeza, mañana seguiré el camino, pero hoy bailaré hasta caer rendido.

Viajar a Kirguistán implica sentir la naturaleza a gran escala

Mi llegada a Kirguistán, me explicó, como os digo, mucho más íntimamente el significado de aquellos días. Es un país con una población nómada enorme, con caballos como principal medio de transporte, pero no pura razas, los más próximos al Przewalski, la única subespecie de caballo salvaje que queda en el mundo. Caballos pequeños, recios, inagotables, como aquellos que montaran los mongoles con Gengis Kan a la cabeza. Aquí sigue siendo su compañero de vida. Y como aquel, gracias a la cohesión de cuarenta familias se convirtieron en un pueblo fuerte y fundaron un País.

Aquí he vuelto a sentir la naturaleza a gran escala, las montañas, los lagos, los valles, las quebradas, a lo bestia. Aquí podemos seguir durmiendo en Yurtas, las tiendas redondas de fieltro que siguen haciendo ellos a la manera tradicional, siguen pastoreando su ganado allí donde los pastos lo sugieren, ovejas, cabras, vacas, burros,  caballos… lo que se deje.

Fuera de las ciudades siguen teniendo que ir a por agua a las fuentes, y siguen comiendo mucho pan, pan que se hace en el horno de barro, que se llama “lepeshki”, y mucha carne, como el Plov y el Shaslik, el asado Kirguis.  A mí me encanta el Samsa, sus empanadas de carne.

En Kirguistán podemos perdernos, además, por sus mercados de telas tradicionales, de especias, como si aún las trajeran las caravanas, como si cada metro de trama hubiera hecho un millar de kilómetros a lomos de algún camello de dos jorobas. Tal es el mimo que se pone a cada mercadería. Si viajas a Kirguistán podrás entrar en un Caravanserai después de recorrer montañas eternas y, aunque hoy no se escuchan ya las conversaciones de los mercaderes, ni las risas, ni el bullicio, ni se iluminan las noches con candiles de aceite y hogueras de leña, es fácil sentir lo que aquello supuso.

Aquí gracias, o por culpa, no sé qué deciros, de haber estado integrado, sumido, en la Unión Soviética, hoy es un lugar renacido, un País de 27 años, pero de alma vieja.

Buen viento Navegante.

¿Quieres disfrutar de un viaje a Kirguistán?