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Carrito

Aeropuerto de Yangón…

Me espera un muchacho delgado y flexible como una anguila. Es rápido, servicial y habla castellano perfectamente.  En ningún momento pierde ni su gesto amable ni su longyi, una especie de pareo muy ajustado anudado en el ombligo.

Miro a mi alrededor y veo que lo de mi joven ayudante no es una excepción: así sean monjes, campesinos o altos ejecutivos, todos los hombres van igual, con sus sandalias en “uve” y sus faldas anudadas a la cintura. También las mujeres usan longyi, pero sus estampados y colores son más alegres.

Tiene fama de destartalada  y añeja, pero a mi Yangón me parece, de un primer vistazo, una ciudad amable, habitable, con un tráfico moderado, pocos edificios altos y apenas ruido.

Es evidente que aquí no ha entrado la locura de otras capitales asiáticas, como Bangkok o Yakarta, y también que la presencia inglesa ha dejado en muchos hoteles y edificios antiguos un poso de lentitud y fina elegancia colonial (nada menos que 187 edificios, el mayor patrimonio colonial británico de Asia). Definitivamente, me gusta.

Bastante menos fino resulta el laberíntico y fascinante Mercado de Bogyoke, aunque también sea una herencia de los ingleses. Los dos mil puestos (¡2.000!) llenos de telas preciosas, nacar, joyas, antigüedades y una infinidad de objetos lacados aceleran mi ritmo cardiaco y el de mi pobre Visa.

Naturalmente, es mejor comprar al final del viaje, pero sea al final o sea al principio, el lugar es este.

En la Birmania profunda (me gusta mucho más su antiguo nombre que el nuevo), salvo frutas más que exóticas y algunos animalitos, no encontraremos gran cosa (tal vez opio y sus muchos parientes, pero lagarto lagarto, ya me entendéis).

Imperdonable no dedicar unas horitas al famoso tren que recorre de arriba abajo la ciudad, y no sólo en términos geográficos. Quiero decir, ese “arriba y abajo” son la metáfora perfecta de cómo las distintas clases sociales (barrios elegantes por un lado y destartalados, ahora sí, suburbios por el otro) se reparten la ciudad. Es un verdadero espectáculo.

Tres pistas para no perder el tiempo en Yangón

que nos hará falta, entre otras cosas, para la espectacular, brutal y apabullante pagoda de Shwedagon: El Rangoon Tea house, con su preciosa fachada blanca y negra, a la hora de comer. Está en el mismo Bodyoke y dan comida callejera, pero no hay mejor ambiente ni mejor comida (salvo que queramos dejarnos un dineral). Hay que probar los mone hnin khar (fideos birmanos), el bao de cerdo y las samosas.

Le Planteur, para una cena romántica, si procede. Lagos, jardines, salones decorados exquisitamente y una impresionante carta de vinos… En fin, una pasta.

El Strand Hotel, lo más de lo más, para despedir con un buen cóctel la noche… o la madrugada. En su Piano Bar, a orillas del Irawadi, volaréis de un tirón a la refinada vida colonial, con sus estirados funcionarios británicos, sus emperifolladas damas y sus delicados aromas de Bourbon. Las mesas, espejos, cuadros, fotografías, etc. (impresionantes), y naturalmente el piano, nos acompañan en ese envidiable, e inolvidable, viaje al pasado.

¿Quieres disfrutar de un viaje a Myanmar auténtico y original?